Agencia Informativa Católica Argentina, Octubre 2011

En un clima de oración, amistad, colaboración y alegría, unas 2.500 personas tomaron parte el sábado 29 de octubre de la 71ª peregrinación de enfermos a Luján, donde participaron de la misa, compartieron un almuerzo y asistieron a la bendición con el Santísimo Sacramento en el santuario.

De un punto de encuentro fijado en la sede del Automóvil Club Argentino salieron a partir de las 7 de la mañana 55 ómnibus y casi un centenar de automóviles con medio millar de voluntarios para buscar a enfermos en hospitales, hogares geriátricos y casas particulares, y acompañarlos en ese día de fiesta.

Este cronista fue en un ómnibus que salió de Paraguay y Libertad con un entusiasta grupo de jóvenes de la parroquia porteña de Nuestra Señora de las Victorias, que integran el coro que canta en la misa de los domingos y que iban a cantar en la celebración en Luján.

Los coordinaba Macarena Sarmiento, joven asistente social, salteña, y durante el viaje, que empezó con una oración, fueron cantando himnos religiosos que luego entonarían en el templo. También cantaron con entusiasmo algún otro ritmo pegadizo de aire y letra juvenil, como “Esta es la cumbia de María, ¡aguante María!”. Llevaban bombo, guitarra, charango, para acompañarse. Un estudiante, Nicolás Llano, iba estudiando su penúltima materia de medicina, ginecología.

Al llegar, en la entrada de la basílica había jóvenes con remeras amarillas o azules con la imagen de la Virgen, que ayudaban a subir a enfermos en sillas de ruedas por una rampa. Juan Pablo Torres Posse, licenciado en marketing, de 28 años, ayudaba a gente necesitada y a una fila de personas ciegas, con sus bastones. Dijo que acude como voluntario desde hace diez años y que se conectó por un amigo de su hermano que colabora desde hace 20 años.

Horacio Casabal participa de este acontecimiento desde hace 37 años y la primera vez que asistió sufrió un serio accidente de auto que le dejó secuelas pero no le quitó sus ganas de seguir colaborando; a su lado, estaba su hijo Félix, ingeniero agrónomo, que acude a dar una mano desde hace 17 años.

La peregrinación anual, que supone una esforzada organización a lo largo del año, comenzó hace 71 años, impulsada por María Luisa del Carril. Actualmente la preside María Rosa Sicardi de Cullen que, como otras organizadoras, es acompañada por hijos y nietos. Comentó que desde hace años distintas familias enteras -padres, hijos y nietos-, se reúnen para ocuparse de una tarea: los Arteta, Obligado, Lalor… Así, los Guerrico se ocupan de la preparación de los tallarines para esa gran cantidad de gente: vimos a un ingeniero electrónico, miembro de esa familia, con varios primos, atento a las ollas de tuco y a que los tallarines estuvieran a punto cuando llegaran los comensales. Otra familia, los Anchorena, se ocupa desde hace décadas de los chorizos, en un gran asador. Para la comida y otros gastos se buscan y se consiguen donaciones de personas y empresas. Este año hubo que alquilar mil sillas de plástico, para sumar a los asientos de la basílica, que se halla en obras de restauración.

La firma Omint, de medicina prepaga, envió dos ambulancias con cuatro médicos. Una médica riojana, Sol Pacha, de 30 años, contratada por esa firma, era la primera vez que acudía a esta peregrinación y al santuario, que no conocía. Le llamó la atención la organización, la colaboración de tantos voluntarios, y “que venga toda esta gente enferma y se sienta tan en paz”.

Luis Flores Sienra, un médico clínico que está cursando su sexto posgrado, coordina la atención médica desde hace 35 años. Lo acompaña desde hace 30 años Marcelo Domínguez, especializado en ecografías.

Desde Coronel Pringles acudieron 20 voluntarios. Maxi Vidarte, de 15 años, lo hizo por primera vez; intentaba que no se desorganizaran los grupos dentro de la colmada basílica, en la que resultaba difícil caminar, por el amontonamiento de gente y por algunos andamios. Adelante, había muy numerosos enfermos en sillas de ruedas y alguno en camilla. También había grupos grandes de enfermos neurológicos o mentales.

“Jesús está pasando por acá –cantó el coro de las Victorias-, /y cuando pasa/, todo se transforma/, la alegría viene/, la tristeza va”. También incluyó otros cánticos, como “Bendita sea tu pureza” o “Señor, haz que mi vida sea”.

Concelebraron la misa una decena de sacerdotes, y predicó la homilía el párroco de las Victorias, el padre redentorista Miguel Chabrando. Dijo que el verdadero discípulo de Jesús pone en sus manos lo que tiene y «hay veces que nosotros lo único que podemos poner en las manos del Señor es nuestro propio dolor, nuestro propio sufrimiento, nuestras lágrimas».

Expresó que a veces oramos con lágrimas y recordó a María, la Madre de Dios, «a quien el dolor le traspasó el corazón». Señaló que todos somos peregrinos, pecadores, enfermos, y debemos estar juntos con quienes sufren con nosotros, compadecernos. Recordó que Cristo dijo que cuando fuera llevado a lo alto, atraería todo hacia sí.

La distribución de la comunión en el templo colmado se extendió durante unos veinte minutos. Al concluir la misa, monseñor Roberto Lella, responsable de la Comisión Arquidiocesana para la Pastoral Hospitalaria, le pidió a un tenor, de unos 80 años, que cantara el Ave María y el Panis Angelicum.

Luego, se sirvió el almuerzo para tan grande multitud en el Descanso del Peregrino, al aire libre, en un día de sol radiante. Al concluir, hubo música y muchos bailaron en un clima festivo. Martina Elizalde, de 17 años, alumna del colegio Buen Ayre, compartía el baile con un muchacho con síndrome de Down y luego ellos y otros chicos y chicas amigos chocaron sus palmas, en signo de camaradería.

Al final, todos volvieron al santuario, donde hubo una bendición con el Santísimo Sacramento, que el padre Antonio Pérez, de la congregación de San Juan de Dios, llevó en una grande y pesada custodia por todo el templo, seguido por hombres y mujeres con velas encendidas. Todos rezaron y cantaron «Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar… y la Virgen concebida sin pecado original».

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