Testimonios

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Desde fines de los años '60 nos preparamos para ir, como cada último sábado de octubre, a la Peregrinación de Enfermos a Luján. Ya no vamos más en trenes cedidos por Ferrocarriles Argentinos y tampoco van ya camiones del Ejército como en los comienzos, en la época de María Luisa del Carril su fundadora. Ahora pagamos ómnibus, alquilamos ambulancias y organizamos traslados en autos de voluntarios que pasan a buscar a los enfermos por su casas. Estoy convocando a toda mi familia, mis hijos y los amigos de mis hijos. Más adelante vendrán los años en que me acompañarán también mis nietos y los amigos de mis nietos. La verdad que mi "equipo" es muy familiar. Pasados los años mi hija va a empezar a ocupar mi lugar y estoy segura de que sus hijos y los amigos de sus hijos, sus otros hermanos, primos, todos, con maridos y mujeres en muchos casos van a seguir. Nos levantamos muy temprano, en eso soy inflexible. Me gusta que mi equipo sea el primero en llegar, así que a más tardar a las 8 de la mañana estamos todos en Luján. Nuestro trabajo se concentra en el Claustro a donde suelen venir los más impedidos, así bajan directamente por una rampa desde la Basílica y no tienen que salir afuera y dar toda la vuelta a la manzana para llegar al otro lugar donde pueden comer: El Descanso del Peregrino. En el Claustro organizamos las mesas con caballetes y tablones que alquilamos y le ponemos manteles de papel de color blanco o verde, también repartimos sobre las mesas claveles de adorno (que siempre se llevan de recuerdo). A las 11 de la mañana ya están todos los participantes en la Misa en la Basílica. Lamentablemente, casi nunca podemos ir a la Misa por falta de tiempo, ese día nos toca trabajar duro. A lo mejor nos podemos hacer una escapada para comulgar. El ambiente adentro de la Basílica, repleta, es de enorme recogimiento y también de alegría, cantan, siguen la música, levantan sus manos, rezan. Los enfermos están dispuestos así: adelante de todo los camillas, luego las sillas de ruedas, luego cada institución en su lugar, con sus carteles identificadores, con sus voluntarios que los cuidan y están pendientes. Realmente es de poner la piel de gallina el amor con que vienen a ver a su Madre de Luján, es un enorme testimonio que queda a todos los que han ido alguna vez. Si alguien pensó que "no iba a poder", que "le impresionaba" ir, ese día se da cuenta de que todo es poco frente a esa paz y gozo interior y exterior de los que allí están. Que es muchísimo más lo que recibimos que lo poco que les podemos dar. Luego las corridas, los nervios: ¡empiezan a bajar por las rampas las diferentes instituciones! Los vamos instalando en sus mesas, ya preparadas con el primer plato: empanadas, fiambres y pan para hacer sandwiches. Los voluntarios varones más fuertes ayudan en las rampas. Hay algunas personas a las que les da miedo ser bajados por allí. Hay que tranquilizarlos, hablarles, darles confianza, queremos que sean felices ese día con la Virgen. El Claustro se convierte en un hormigueo de gente joven con gaseosas, sirviendo, interactuando, conversando, tratando de solucionar algún problema si lo hay. Nos reencontramos con tantos que hace tantos años que van. Ahí está mi amigo, el de la camilla, siempre sonriente, siempre con su voluntario amigo pelilargo que lo acompaña. Ese no falta nunca. Después vienen los tallarines calentitos, otra vez el hormigueo de servir, mesa por mesa con las fuentes repletas. Y después el postre, lo que más les gustan son los alfajores. No falta, además, alguien con guitarras y cantos, alguno se anima a bailar, es una fiesta. Finalmente, a las 15 los varones forzudos vuelven a ayudar a todos a entrar otra vez en el Claustro para la Bendición especial, el Santísimo que entre cantos y ¡vivas! es presentado a todos los concurrentes. Nosotros, mientras tanto, en las piletas de la Basílica lavamos 250 platos, vasos, cubiertos, fuentes, entre pantalones arremangados y zapatillas mojadas. Es un momento cansador, todo tiene que quedar perfecto, como si no hubiera pasado nadie por allí. Así que lavamos, secamos, pero estamos felices. Por suerte, pasados muchos años, pudimos cambiar esa lavada. Primero porque la Basílica se reformó y desaparecieron los piletones donde lavábamos. Entonces juntábamos todo lo que había quedado sucio y una familia de voluntarios cercanos a Luján cargaba TODO, sí TODO, casi 2500 platos, con sus vasos y cubiertos, las enormes cacerolas donde hacemos los tallarines, etc y se los llevaba en camionetas y lavaban todo en su casa. ¡Qué obra! Al final "nos modernizamos" y conseguimos que una generosa empresa nos comenzara a donar todos los descartables para la comida. A eso de las seis de la tarde comenzamos a regresar a nuestras casas. Ya los últimos micros se han ido, entre besos y despedidas en la esperanza de que sea hasta el año que viene. Estamos todos muertos, muchos de nosotros ni ha probado bocado pero no importa, estamos felices, ha pasado otra Peregrinación y otra vez la Virgen nos ayudó mandándonos buen tiempo, fuerza voluntarios y donaciones para hacer este día posible.

historias-solidarias-1786426w300Como suele ocurrir con esos días que dejan su impronta para toda la vida, Inés Arteta recuerda con minuciosidad hasta los detalles más impensados: llevaba puesto un vestido blanco, el sábado en que, con once años, su abuela materna -que se llamaba como ella- la llevó por primera vez a la Peregrinación de Enfermos a Luján. "Ese día, me sentó a su lado y me pidió que le diese de comer a una señora que no podía hacerlo por su cuenta. Con mi abuela, siempre tuvimos una conexión muy fuerte: tenía una mezcla de disfrute por la vida y muchísima compasión por el dolor ajeno.", recuerda Inés. Hoy, a sus 51 años, esta madre de tres hijos se prepara para volver a participar del ritual que es parte de su vida: "No dejé de ir nunca y cada año busco a aquella señora a quien ayudé a comer y que sigue yendo". La Peregrinación de Enfermos a Luján nació de un grupo de voluntarios que, desde hace 70 años, lleva el último sábado de octubre a 2500 enfermos de más de 40 instituciones (entre hospitales, cotolengos, parroquias, centros comunitarios y comedores) de Capital Federal y alrededores a pasar el día a Luján. "Van personas con discapacidades y también viejitos. Para muchos, es una jornada muy importante, ¡incluso más que Navidad!, ya que es la única salida del año", explica Arteta. Y agrega: "Es la peregrinación a Luján de aquellos que no pueden caminar hasta allí.". Según Inés, la fundadora de esta iniciativa - que está a pasos de convertirse en ONG- fue María Luisa del Carril. "Es una cuestión muy familiar, de un grupo de familias que fueron convocando a otras", dice. La organización de la peregrinación lleva todo el año, y los voluntarios se dividen las tareas formando equipos que se ocupan de las cuestiones más diversas: desde la distribución de los más de 40 colectivos que buscan a los peregrinos por cada institución hasta el armado de las rampas en torno de la basílica de Luján y la contratación de ambulancias. Para juntar los fondos para los preparativos, los voluntarios se las rebuscan haciendo eventos a beneficio durante el año, y reciben donaciones en especie: desde fideos hasta huevos o alfajores. Cada año, el último sábado de octubre, bien temprano por la mañana puede verse en el punto de encuentro -Avenida del Liberador y Tagle- casi medio centenar de micros aprontándose para la salida, además de cientos de voluntarios. Al llegar a Luján, participan de una misa en la basílica, luego de la cual son conducidos a las mesas dispuestas en el claustro y en el Descanso del Peregrino para disfrutar del almuerzo. Aquellos que quieran participar de la peregrinación el próximo sábado, o sumarse como voluntarios, pueden comunicarse por mail a voluntarios@apel.org.ar. Para donaciones: tesoreria@apel.org.ar

En un clima de oración, amistad, colaboración y alegría, unas 2.500 personas tomaron parte el sábado 29 de octubre de la 71ª peregrinación de enfermos a Luján, donde participaron de la misa, compartieron un almuerzo y asistieron a la bendición con el Santísimo Sacramento en el santuario.

     De un punto de encuentro fijado en la sede del Automóvil Club Argentino salieron a partir de las 7 de la mañana 55 ómnibus y casi un centenar de automóviles con medio millar de voluntarios para buscar a enfermos en hospitales, hogares geriátricos y casas particulares, y acompañarlos en ese día de fiesta.

     Este cronista fue en un ómnibus que salió de Paraguay y Libertad con un entusiasta grupo de jóvenes de la parroquia porteña de Nuestra Señora de las Victorias, que integran el coro que canta en la misa de los domingos y que iban a cantar en la celebración en Luján.

     Los coordinaba Macarena Sarmiento, joven asistente social, salteña, y durante el viaje, que empezó con una oración, fueron cantando himnos religiosos que luego entonarían en el templo. También cantaron con entusiasmo algún otro ritmo pegadizo de aire y letra juvenil, como “Esta es la cumbia de María, ¡aguante María!”. Llevaban bombo, guitarra, charango, para acompañarse. Un estudiante, Nicolás Llano, iba estudiando su penúltima materia de medicina, ginecología.

     Al llegar, en la entrada de la basílica había jóvenes con remeras amarillas o azules con la imagen de la Virgen, que ayudaban a subir a enfermos en sillas de ruedas por una rampa. Juan Pablo Torres Posse, licenciado en marketing, de 28 años, ayudaba a gente necesitada y a una fila de personas ciegas, con sus bastones. Dijo que acude como voluntario desde hace diez años y que se conectó por un amigo de su hermano que colabora desde hace 20 años.

     Horacio Casabal participa de este acontecimiento desde hace 37 años y la primera vez que asistió sufrió un serio accidente de auto que le dejó secuelas pero no le quitó sus ganas de seguir colaborando; a su lado, estaba su hijo Félix, ingeniero agrónomo, que acude a dar una mano desde hace 17 años.

     La peregrinación anual, que supone una esforzada organización a lo largo del año, comenzó hace 71 años, impulsada por María Luisa del Carril. Actualmente la preside María Rosa Sicardi de Cullen que, como otras organizadoras, es acompañada por hijos y nietos. Comentó que desde hace años distintas familias enteras  -padres, hijos y nietos-,  se reúnen para ocuparse de una tarea: los Arteta, Obligado, Lalor… Así, los Guerrico se ocupan de la preparación de los tallarines para esa gran cantidad de gente: vimos a un ingeniero electrónico, miembro de esa familia, con varios primos, atento a las ollas de tuco y a que los tallarines estuvieran a punto cuando llegaran los comensales. Otra familia, los Anchorena, se ocupa desde hace décadas de los chorizos, en un gran asador. Para la comida y otros gastos se buscan y se consiguen donaciones de personas y empresas. Este año hubo que alquilar mil sillas de plástico, para sumar a los asientos de la basílica, que se halla en obras de restauración.

     La firma Omint, de medicina prepaga, envió dos ambulancias con cuatro médicos. Una médica riojana, Sol Pacha, de 30 años, contratada por esa firma, era la primera vez que acudía a esta peregrinación y al santuario, que no conocía. Le llamó la atención la organización, la colaboración de tantos voluntarios, y “que venga toda esta gente enferma y se sienta tan en paz”.

     Luis Flores Sienra, un médico clínico que está cursando su sexto posgrado, coordina la atención médica desde hace 35 años. Lo acompaña desde hace 30 años Marcelo Domínguez, especializado en ecografías.

     Desde Coronel Pringles acudieron 20 voluntarios. Maxi Vidarte, de 15 años, lo hizo por primera vez; intentaba que no se desorganizaran los grupos dentro de la colmada basílica, en la que resultaba difícil caminar, por el amontonamiento de gente y por algunos andamios. Adelante, había muy numerosos enfermos en sillas de ruedas y alguno en camilla. También había grupos grandes de enfermos neurológicos o mentales.

     “Jesús está pasando por acá  –cantó el coro de las Victorias-, /y cuando pasa/, todo se transforma/, la alegría viene/, la tristeza va”. También incluyó otros cánticos, como “Bendita sea tu pureza” o “Señor, haz que mi vida sea”.

     Concelebraron la misa una decena de sacerdotes, y predicó la homilía el párroco de las Victorias, el padre redentorista Miguel Chabrando. Dijo que el verdadero discípulo de Jesús pone en sus manos lo que tiene y "hay veces que nosotros lo único que podemos poner en las manos del Señor es nuestro propio dolor, nuestro propio sufrimiento, nuestras lágrimas".

     Expresó que a veces oramos con lágrimas y recordó a María, la Madre de Dios, "a quien el dolor le traspasó el corazón". Señaló que todos somos peregrinos, pecadores, enfermos, y debemos estar juntos con quienes sufren con nosotros, compadecernos. Recordó que Cristo dijo que cuando fuera llevado a lo alto, atraería todo hacia sí.

     La distribución de la comunión en el templo colmado se extendió durante unos veinte minutos. Al concluir la misa, monseñor Roberto Lella, responsable de la Comisión Arquidiocesana para la Pastoral Hospitalaria, le pidió a un tenor, de unos 80 años, que cantara el Ave María y el Panis Angelicum.

     Luego, se sirvió el almuerzo para tan grande multitud en el Descanso del Peregrino, al aire libre, en un día de sol radiante. Al concluir, hubo música y muchos bailaron en un clima festivo. Martina Elizalde, de 17 años, alumna del colegio Buen Ayre, compartía el baile con un muchacho con síndrome de Down y luego ellos y otros chicos y chicas amigos chocaron sus palmas, en signo de camaradería.

     Al final, todos volvieron al santuario, donde hubo una bendición con el Santísimo Sacramento, que el padre Antonio Pérez, de la congregación de San Juan de Dios, llevó en una grande y pesada custodia por todo el templo, seguido por hombres y mujeres con velas encendidas. Todos rezaron y cantaron "Alabado sea el Santísimo Sacramento del altar... y la Virgen concebida sin pecado original".

Centenares de enfermos en camillas, o en sillas de ruedas; mujeres y hombres con andadores o muletas bajan de los numerosos colectivos estacionados en la explanada que se encuentra frente a la Basílica de Luján. Es la imagen que se repite en cada 30 de octubre, como el pasado, cuando el padre Alejandro Galiardo celebró la misa por quienes padecen enfermedades y dolores físicos. Al cierre, el capellán mayor de los hospitales, Roberto Leila, bendijo a los peregrinos.

Cada año, el último sábado de octubre, se realiza esta singular peregrinación de los Enfermos que llega a los pies de la Virgen de Luján, para pedirle consuelo, fe y esperanza.

Un grupo de 14 mujeres es el motor que impulsa esta peregrinación que ya cumplió sus 60 años; y la de este año convocó una cifra récord de más de 2000 enfermos. Ellas lograron una marcha alegre que alimenta la fe de cientos de discapacitados.

"Sin esta posibilidad, habría miles de enfermos que jamás podrían viajar hasta Luján. Los peregrinos que van son personas humildes que no están en condiciones de costear el viaje. Nos alegra poder regalarles esta oportunidad de acercarse a la Virgen y compartir un día de esparcimiento y alegría con tantos otros que sufren dolores físicos. Los peregrinos salen reconfortados y llenos de esperanza", cuenta María Rosa Siccardi de Cullen, presidente de la Peregrinación de Enfermos a Luján.

Cullen explica que la peregrinación surgió hace más de 60 años y que inicialmente visitaban el santuario de Nuestra Señora de Lourdes en Santos Lugares. "Pero el número de personas comenzó a incrementarse notablemente y ya no entrábamos allí. Por eso optamos por Luján".

El sistema de organización está sumamente aceitado. Los enfermos se contactan con el grupo coordinador, que contrata micros y combis para llevar a los enfermos. Los pasan a buscar por sus casas u hospitales donde estén internados para llevarlos a la Basílica. Luego almuerzan y, a media tarde, inician el regreso a sus hogares. Todo es gratuito.

Este impacto de vivencias espirituales fuertes, mencionado por Cullen, también figura en el relato de otros coordinadores de viaje, como José Luis Vázquez, del grupo Reina de Fraternidad Cristiana, que atiende a discapacitados. "Peregrinamos desde hace seis años y a esta fuimos 112 personas; en su mayoría, discapacitados físicos o mentales. Lo que más me impactó fueron sus ca ras de alegría y entusiasmo por compartir una misa, rezar por otros, divertirse en el almuerzo. Como peregrino, salí de Luján lleno de alegría y fuerzas para seguir trabajando. Los enfermos esperan esta peregrinación con ilusión", dice Vázquez. 

Lorena Cozzolino, con síndrome de Down, no pierde oportunidad de rezarle a María. "La quiero mucho y me divierte participar. Me siento cómoda: bailo, como, rezo y hago nuevos amigos. Por nada del mundo me la perdería. Es una emoción poder estar allí", dice la simpática y locuaz joven de 27 años. 

Agustina Lanusse

cronicaEra el año 1940 y a María Luisa del Carril se le ocurrió llevar en autos particulares a un grupo de enfermos a la Iglesia de nuestra Señora de Lourdes, en la localidad de Santos Lugares. Años más tarde, se fueron multiplicando, los enfermos de tal manera, que ya no entraban ahí, algunos totalmente imposibilitados, concurrían en ambulancias, los que tenían más movilidad eran llevados en micros y también en autos particulares.

Hoy día se va a Basílica de Luján por problemas de espacio, pues concurren más de 2500 enfermos llenando la Basílica. A éstos hay que sumarles cantidad de voluntarios, médicos y enfermeras.

Las camillas y sillas de ruedas se colocan adelante, frente al altar.

Esta Peregrinación se realiza desde entonces todos los años, el último sábado de Octubre, aunque llueva.

La Santa Misa comienza a las 11 horas y es concelebrada por varios sacerdotes, también hay sacerdotes que se acercan a los enfermos que quieren confesarse, lo mismo que recibir la comunión.

Al finalizar la Santa Misa, los más imposibilitados son llevados al Claustro para almorzar y el resto lo hace en La Casa del Peregrino, todos ellos atendidos con todo cariño por una maravillosa juventud, a estos últimos se les de de comer choripanes y alfajores. Después hay música y baile, hay que ver como disfrutan cantando y bailando, algunos lo hacen desde su silla de ruedas, y uno de ellos comentó “veo el cielo”, hace años que estaba postrado en su cuarto, sin ventanas y no podía hacerlo..

A las 15 horas, se reúnen nuevamente en la Basílica donde se imparte La Bendición con el Santísimo Sacramento, regresando después a sus hogares, de la misma forma que llegaron y con paquetes de galletitas, en cada vehículo, donación de personas generosas. Para poder realizar esta obra, se organizan dos beneficios y la generosidad de Instituciones y personas, que ya conocen y quieren ayudar, pues los micros, ambulancias y la comida para todos, es tan alto el precio, como las caras de alegría que vemos en este día.

La peregrinación de enfermos es una fiesta. ¿Porqué? Cuando uno siembra, para cosechar lo que sembró además de tardar, está expuesto a distintas contingencias. Acá no. Si uno brinda amor, cariño, la respuesta es inmediata. Observen que dije amor, cariño, no complacencia o atenciones; ellos están acostumbrados a eso, siéntese, pase usted primero, lo que uno puede dar con muy poco es mucho más, sonreírle, hablarle a la persona, no al enfermo, preguntarle su nombre, etc., si hacen esto, ellos se lo agradecerán y le devolverán el amor con creces, posiblemente no sólo ese día, sino que también el año que viene si es que vuelven a encontrarse. Por eso digo que es una fiesta. Cuando de muy chico comencé a venir a esta Peregrinación, la llamaba “Peregrinación de Enfermos”, más adelante la llamé “Peregrinación para los Enfermos”, porque era un día  dedicado a ellos, y finalmente la llamo “Peregrinación para las personas enfermas”. Aprendí que por encima del enfermo está el ser humano. Eso es muy importante, y ellos lo valorarán. Personalmente, a quienes se consideren preparados, estén de acuerdo con lo que digo y quieran hacerlo, si en cualquier momento y lugar, ven a una persona, niño, niña, que dependa totalmente de sus padres porque ni siquiera pueda comer por sí sola, que se acerquen a ellos, les digan que lindo, linda que es, que lindos ojos, sonrisa, que mirada dulce, que bien cuidada que está, pregúntele su nombre, y si se animan pídanle permiso a su padre, madre y denle suavemente un beso. Estas palabras o gestos tan simples serán retribuidos con una sonrisa de esa personita y un agradecimiento inmenso de la persona que los cuida, ya que éste es un combustible poderoso y necesario para que, aquellos que los cuidan, puedan  continuar brindándose todos los días y en todo momento, para que estas personitas tan maravillosas puedan seguir viviendo. Muchas gracias a Uds. por venir, por escucharme y por dejarme explicar esto, ya que quien me lo enseñó es mi hija, que se llama Agustina y que tiene una patología similar a la que expliqué José Maria Cullen

Mi primer recuerdo se remonta al año 1944, tenía dieciséis años y estudiaba “samaritana” en la Cruz Roja Argentina. Una amiga me invitó a sumarme a la Peregrinación para ir en una ambulancia que salió de la Plaza Charcas, frente a donde vivía María Luisa, la fundadora de esta obra. Había allí estacionadas varias ambulancias de la asistencia pública, los bomberos, la policía, militares, etc donadas por las respectivas instituciones. No creo que en esa época fueran ambulancias privadas. También recuerdo que el ejército, en camiones, llevaba unas ollas inmensas y soldados que colaboraban cocinando fideos. Los autos particulares eran los encargados de retirar los enfermos asistentes a la Peregrinación de su domicilios. Las instituciones públicas colaboraban ampliamente, casi todo era donado. Incluso cuando, más adelante, se necesitó una rampa para subir sillas y camillas a la Basílica de Luján, fue donada por la marina. Lo que sí era necesario era mucha María Luisa nos había reunido días antes en su casa para darnos las directivas, a nosotros y a las monjas presentes. Había muchas; en esa época era usual verlas en los hospitales con cargos y responsabilidades. Llegamos, entonces, en nuestra ambulancia con el enfermo que nos habían asignado a la Iglesia de Lourdes que queda en Santos Lugares. Reinaba un ambiente cálido, se notaba a la gente muy contenta de estar ahí. Después de la Misa se les ofreció un almuerzo y más tarde vino una señora que tenía una casa con jardín grande que nos dio de almorzar. Una anécdota de aquella época fue cuando no se podía sacar la camilla de un enfermo por la puerta de su casa y los bomberos lo hicieron por la ventana, repitiendo lo mismo al regreso de la Peregrinación. Varios años después, por falta de espacio en Lourdes de Santos Lugares, comenzó a hacerse en la Basílica de Luján. Era tal la cantidad de gente que se tomó un tren directo a Luján pero un año hubo que hacer cambio de tren en General Rodríguez y fue tremendo el traslado de los enfermos (especialmente los ciegos) entre las vías. Por eso no se usó más el tren. Ahora vamos con alrededor de cincuenta micros, diez ambulancias y a veces hasta setenta autos privados que se reúnen en el A.C.A. a las 7 de la mañana. Allí voluntarios con carteles y órdenes precisas se suben a los micros y parten a buscarlos a sus instituciones (varios Cotolengos, varios Hogar San Juan de Dios, A.P.A.E.T., Braille, hospitales, parroquias, etc) para llevarlos a la Basílica de Luján. A las 11 de la mañana es la Santa Misa, después damos almuerzo a todos los concurrentes, música, baile y terminamos con la bendición del Santísimo Sacramento, regresando a casa de la misma forma en que vinieron. Hay un recuerdo de uno de mis sobrinos que testimonia lo que significa esta Peregrinación para algunos. Iba en una ambulancia acompañando a una chica joven que iba muy pintada. En un momento le pidó un espejito, mi sobrino pensó “¿se irá a pintar más de lo que está?” pero no, puso el espejito arriba de la ventanilla para ir mirando el cielo porque nunca lo veía: vivía en una habitación sin ventana. Ahora no hay ayuda de las instituciones públicas y todo se hace con gran sacrificio de las personas que colaboran, haciendo beneficios, rifas, pidiendo la colaboración de almas generosas. Pero, con frío y lluvia (aunque llovió muy pocas veces) no se suspende porque nos está esperando nuestra Madre y Patrona de la Argentina, Nuestra Señora de Luján. Calculo que la primera se habrá hecho en 1940, así que este año ¡serán setenta añitos, sin interrupciones!

Bergoglio